
Apoyo, exigencia y autonomía: el equilibrio educativo
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Ian Piper, director de Hastings School
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Educar es tomar decisiones. Los docentes nos encontramos diariamente al reto de decidir entre cuándo intervenir y cuándo observar, dejando espacio y margen para el error. En muchos casos, son decisiones pequeñas, pero que tienen un impacto muy importante en la manera en que niños y adolescentes trabajan su esfuerzo y su tolerancia a la frustración.
En edades más avanzadas, acompañamiento, bienestar y autonomía son conceptos que están muy presentes. Sin embargo, el reto no está en elegir entre estos conceptos, sino en encontrar un equilibrio para no generarles excesiva dependencia ante los posibles retos que tengan que enfrentar, ni otorgar demasiada responsabilidad antes de tiempo. Este equilibrio, además, no es el mismo para todos los alumnos, ni para un mismo estudiante. Factores como la edad, contexto familiar o etapa vital deben tenerse en cuenta.
Los docentes debemos estar para orientar, escuchar y ofrecer las herramientas necesarias que el estudiante necesite para avanzar. Sin embargo, eso no significa eliminar cualquier obstáculo que puedan encontrarse en el camino. Hacerlo supone privarles de una parte fundamental del proceso de aprendizaje. Los estudiantes tienen que enfrentarse al problema, probar una posible solución, equivocarse y volver a intentarlo. Los alumnos deben sentirse acompañados, pero capaces de que pueden afrontar por sí mismos.
El equilibrio también debe aplicarse cuando hablamos de exigencia. Durante mucho tiempo los colegios han establecido las mismas expectativas para todos los alumnos. Con la educación personalizada rompemos con esta idea, ya que no todos los alumnos parten del mismo punto. Tampoco todos aprenden al mismo ritmo, ni se encuentran dificultades en los mismos ámbitos, por lo no podemos exigir lo mismo a todos los alumnos. Debemos conocer a cada estudiante para saber cuáles son los retos que cada uno puede asumir.
De igual modo, la estrategia a seguir con cada uno de ellos será también diferente. Habrá quienes necesiten más tiempo y acompañamiento para consolidar ciertos conceptos, mientras que a otros habrá que animarlos a salir de su zona de confort. El desafío está, por tanto, en encontrar el equilibrio para que el esfuerzo resulte exigente, pero alcanzable.
Con todo ello, estaremos contribuyendo a que adquieran una mayor autonomía e independencia de manera progresiva. Los alumnos irán asumiendo responsabilidades y tomando decisiones adecuadas para su edad, a la vez que experimentan los posibles errores y consecuencias asociadas a sus decisiones.
Si nos anticipamos a cualquier problema que puedan experimentar, corregimos cada decisión que vayan a tomar o les privamos de enfrentarse a cualquier tipo de dificultad, tendremos alumnos menos preparados para la vida adulta. El reto de los docentes está en entender y adaptarse a la situación de cada estudiante, que puede variar según la asignatura, momento académico o situación personal determinada. Solo teniendo en cuenta este contexto se puede identificar correctamente cuando una dificultad puede ayudar en el proceso de aprendizaje y cuando se está convirtiendo en un bloqueo.
El acompañamiento a los alumnos, por tanto, no es estático. Debe evoluciona a la vez que lo hace el propio alumno. En etapas educativas más avanzadas, el grado de responsabilidad y autonomía es mayor y, por tanto, las consecuencias de las decisiones son más relevantes. Si durante su etapa educativa les hemos ofrecido un buen acompañamiento, estarán preparados para hacer frente a los retos que se les presenten.
La clave reside, sin duda, en apoyar cuando lo necesiten, exigir cuando estén preparados para avanzar y retirarnos cuando estén preparados para volar solos. El equilibrio no siempre es sencillo, pero ahí reside una parte esencial de la educación.