
¿Estamos enseñando a los adolescentes a proteger su atención?
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Ian Piper, director de Hastings School
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La concentración se ha convertido en uno de los grandes retos educativos de nuestro tiempo. Nos enfrentamos al dilema de pedir a niños y adolescentes que mantengan la concentración durante largos periodos de tiempo, mientras conviven en un entorno marcado por las notificaciones, videos breves, algoritmos de recomendación y scroll infinito.
La preocupación sobre este tema ha escalado a las instituciones y el debate empieza a evolucionar a otros aspectos. Ya no solo se discute el tiempo que pasan los menores ante una pantalla, sino también cómo están diseñados los espacios digitales que utilizan. Prueba de ello es la propuesta de normativa que acaba de presentar la Comisión Europea, EU KIDS Act, en la que se propone limitar la edad de acceso las plataformas de redes sociales y una mayor seguridad en el diseño de las mismas, limitando los mecanismos para favorecer un uso compulsivo. Por ejemplo, el scroll infinito, determinadas notificaciones o algunas mecánicas de recompensa.
Más allá debate sobre cuál debe ser la edad adecuada para entrar a una red social, la propuesta de la Comisión Europea plantea una cuestión que afecta también a las escuelas: ¿cómo enseñar a concentrarse a una generación que vive rodeada de herramientas que reclaman continuamente su atención?
Según datos del recientemente publicado Informe PISA 2025, el 29% de los estudiantes españoles reconoce que los dispositivos digitales distraen a sus compañeros habitualmente en clases de ciencias. Un estudio publicado en 2025 en la revista científica Children and Youth Services Review[1] concluye que existe una asociación pequeña, pero consistente, entre el uso de las pantallas y las dificultades de concentración.
¿Cuál debe ser el papel de los colegios? En primer lugar, no debemos entender la concentración como una cualidad intrínseca. La atención también se ejercita y se desarrolla y ahí, los colegios tenemos un papel especialmente relevante. Los centros educativos no podemos controlar el entorno digital de los alumnos, pero sí podemos enseñarles a relacionase con la tecnología de una forma más consciente. La prohibición por sí sola no resuelve el problema. En primer lugar, porque necesitan tener competencias digitales que les permita afrontar con garantías su futuro profesional. De este modo, nuestro papel debe educar a los estudiantes en hacer un buen uso de la tecnología, incluyendo el impacto que esta puede tener en su atención.
Para ello, es fundamental apostar por metodologías en las que la tecnología se convierta en una herramienta educativa más, pero no el eje central del proceso de aprendizaje. Además, se debe trabajar con los alumnos la tolerancia al aburrimiento, su capacidad para concentrarse en una única tarea, a la vez que desarrollan un autocontrol para no recurrir a un dispositivo ante cualquier pausa.
Se trata de una tarea, sin duda, compleja en la que se requiere una responsabilidad compartida. Las instituciones deben garantizar unos marcos adecuados, que garanticen que las empresas diseñen productos que protejan a los más vulnerables. Por otro lado, las familias y los colegios debemos comprometernos a enseñar a niños y adolescentes a gestionar de manera consciente su relación con la tecnología. Recuperar la concentración no supone volver a un mundo sin pantallas, sino que los más jóvenes tengan la capacidad de decidir dónde ponen su atención.
[1] Leonhardt, C., Danielsen, D. & Andersen, S. (2025). Associations between screen use, learning and concentration among children and young people in western countries: a scoping review. Children and Youth Services Review, 177, 108508. https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0190740925003913