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Más allá del aprendizaje académico: ¿qué pueden hacer los colegios por la salud mental de sus alumnos?

    • Ana Marsá Lafarge, profesora y orientadora del Colegio Europeo de Madrid.

Un año más, se acerca el Día Mundial de la Salud Mental y, un año más, es importante pararnos a pensar si estamos haciendo lo suficiente para cuidarla. Quienes trabajamos en el sector educativo somos conscientes de que los alumnos no vienen a clase solo a aprender las materias y adquirir conocimientos. Vienen también a formarse como personas y, por ello, sus preocupaciones, inseguridades, relaciones y emociones también forman parte de su día a día en el aula.

Si hablamos de cifras, cabe destacar que la OMS señala que más de 1.000 millones de personas en el mundo viven actualmente con algún trastorno mental.  Además, el suicidio continúa siendo una de las principales causas de muerte entre los jóvenes.

Así pues, la salud mental se ha convertido en uno de los grandes retos de la sociedad actual y hablar de ella en la infancia y la adolescencia es cada vez más necesario. Ahora bien, ¿qué papel juega el sistema educativo en todo ello? Es evidente que un colegio no debe convertirse en un centro sanitario, ni que corresponde a los docentes asumir funciones propias de los profesionales de la salud mental. Sin embargo, esto no significa que el bienestar emocional de los alumnos deba quedar al margen de la educación, ni que cuidar de ellos pueda limitarse únicamente a trabajar para que obtengan buenos resultados académicos.

Sin ninguna duda, el colegio es uno de los lugares donde niños y adolescentes pasan una parte muy importante de su vida y donde construyen gran parte de su identidad, personalidad y descubren cómo relacionarse consigo mismos y con los demás. Por ello, que este se convierta en un lugar donde se sientan seguros, escuchados y acompañados será esencial para garantizar su bienestar emocional, algo que, además, repercutirá positivamente en su aprendizaje y desarrollo académico.

Cuando los alumnos sienten que sus profesores los conocen, los escuchan y se interesan por ellos, resulta más fácil detectar cambios de comportamiento, preocupaciones o dificultades. Del mismo modo, sentirse escuchados y contar con adultos de confianza facilita que puedan compartir aquello que les preocupa y pedir ayuda cuando la necesitan.

La educación emocional, integrada en la formación del profesorado y acompañada por el Departamento de Orientación, proporciona herramientas para acompañar a los alumnos también en el ámbito emocional. Los docentes pueden ayudarles a comprender y expresar lo que sienten, normalizar emociones como el miedo, la frustración o la tristeza y, sobre todo, reconocer cuándo necesitan pedir ayuda y a quién pueden acudir. Aprender a identificar y comprender las propias emociones favorece el bienestar emocional y facilita la detección temprana de posibles dificultades.

Cuidar de la salud mental no es evitar cualquier dificultad

Es importante señalar que proteger la salud mental de nuestros alumnos y trabajar para ofrecerles un espacio de bienestar en el aula no significa eliminar de sus vidas cualquier situación complicada, frustrante o exigente.

La vida escolar, y la vida en general, también consiste en aprender a afrontar momentos difíciles: desde un examen que no sale como esperaban, una amistad que cambia o un conflicto entre compañeros, hasta un problema familiar o la  toma de una decisión sobre su futuro académico. Por ello, el objetivo no es impedir que estas situaciones ocurran, sino acompañarlos para que aprendan a afrontarlas y desarrollen recursos que les permitan superar las dificultas des sin que estas tengan un impacto desproporcionado en su bienestar.

Un niño o un adolescente necesita sentirse seguro y protegido, pero también necesita descubrir hasta dónde puede llegar y qué es capaz de hacer por sí mismo. Y, para ello, necesita enfrentarse a retos, equivocarse, aprender y resolverlos. Bienestar y exigencia no son conceptos contarios, sino que deben convivir para que el alumno pueda sentirse acompañado y, al mismo tiempo, desarrollar progresivamente su autonomía.

Por supuesto, velar por la salud mental durante la infancia y adolescencia no puede ser responsabilidad solo de los colegios. El trabajo conjunto con las familias, con los profesionales, incluso con las administraciones y la sociedad en general, será fundamental para crear entornos que favorezcan el bienestar de los niños y adolescentes. Desde los colegios podamos observar, prevenir, educar o acompañar, pero cuidar de su salud mental requiere que todos asumamos nuestra parte de responsabilidad.

En definitiva, preparar a un niño o una niña para el futuro que le espera, tanto en el ámbito profesional como personal, no consiste únicamente en proporcionarle una buena formación académica, sino también en ayudarle a desarrollar los recursos necesarios para afrontar los retos, las dificultades y las oportunidades que encontrarán a lo largo de su vida.